Drácula, hijo del diablo.

Hace siglos, en Transilvania, existió un noble y apuesto caballero llamado Vlad Tepes. Conocido por su brutalidad en la guerra y por su férrea defensa de sus tierras, Vlad se ganó el respeto y temor de sus enemigos. Sin embargo, su destino dio un giro oscuro una noche fría y lúgubre.
Durante una campaña militar en los Cárpatos, Vlad y sus hombres se encontraron con un misterioso anciano en las profundidades del bosque. Este anciano, de aspecto noble pero con aura sobrenatural, se presentó ante Vlad como un antiguo vampiro que buscaba alguien digno de heredar su oscuro legado. El noble se presentó como Vlad Drâculea, hijo del dragón. El anciano hizo desaparecer a los hombres de Vlad entre las sombras y con una mirada siniestra e hipnótica se dirigió al noble: “No, tu nombre es Vlad Drâculea, hijo del diablo
Intrigado por el poder que el anciano prometía y fascinado por alcanzar la inmortalidad, Vlad aceptó la oferta del vampiro. Sin dudarlo, el anciano mordió sus propias venas y le dio de beber su sangre cargada de un oscuro poder sobrenatural.

Vlad, murió y más tarde renació como un ser de la noche. Su sed de sangre era insaciable, sus sentidos se agudizaron hasta límites inimaginables y aunque conservó su apariencia humana, sus labios adquirieron un tono carmesí y sus colmillos se afilaron, marcando su nueva naturaleza vampírica.
Bajo la tutela del anciano descubrió cómo caminar entre las sombras y dominar el arte de la hipnosis.
Vlad, conocido como Drácula, se convirtió en una figura legendaria, temida y reverenciada en igual medida.
Sin embargo, a pesar de su aparente inmortalidad, Drácula lleva consigo la carga de los siglos, sus amores perdidos, el anhelo de su humanidad perdida y la soledad eterna.
Pocos conocieron la verdadera historia detrás de este vampiro legendario y su oscuro maestro, el anciano cuyas huellas se desvanecieron en las sombras de la historia.

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